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domingo, 14 de noviembre de 2010

Las Lagrimas de los Hombres

Querido lector:
¿Estuvo ayer en la fiesta de los Addisom?
Si no es así, no se perdió nada. Y es que el evento tuvo lugar en Addisom house, con motivo de la presentación del hijo mayor de la vizcondesa, Charles. Que había estado fuera del país durante dos años.
Pero lo que más sorprendió a todos, fue que el señor Addisom no se presentó en ningún momento de la gala.
Toda la sociedad de Londres se dirigió a la mansión de la vizcondesa para dar la bienvenida a su hijo mayor y futuro vizconde, pero cuando los invitados se presentaron allí, vieron a la espléndida lady Addisom y a los gemelos, Alexander y Margaret, pero no había ni rastro de Charles.
Y parece ser, que según fuentes de esta servidora, anoche, el futuro vizconde, prefirió otro tipo de compañía que la aburrida alta sociedad. Ya que le vieron en el barrio Monte Rey con dos mujerzuelas de esplendidos atributos, y con una compañera más, una botella de ron.
Pero la gran pregunta que todos nos hacemos, ¿seguirán todavía interesadas las ambiciosas madres y sus hijas en este bribonzuelo? Y aun más inquietante ¿Qué dirá lady Addisom cuando se entere?
Y aquí vuestra querida servidora termina su artículo dejando en el aire un comentario. ¿Es posible que las tierras salvajes de África hayan hecho del señor respetable y educado, que partió hace dos años, un vividor que va con chicas fáciles en barios de borrachos?
Revista de sociedad de Migertons
18 de Mayo de 1815


 Charlotte arrugó la hoja de periódico y la arrojó al suelo con furia.
 -¿Habéis visto lo que ha escrito esa víbora de nosotros?
 Los gemelos se volvieron hacia su furiosa madre con sus ojos azules.
 -Perdona madre, pero es imposible si destrozas el periódico antes de que podamos leerlo.
 Margaret se volvió dejando las agujas de coser en la mesa de mármol y se levanto alisando el vestido verde pistacho con sus manitas de porcelana. Cogió la bola de papel del suelo y releyó el texto con atención.
 -Madre no se dé que te quejas, al fin y al cabo, esa señora habrá dicho lo que todos en esa fiesta pensábamos.
 Alexander levanto la vista del libro mientras decía aquella frase que hizo que su madre le atravesara con una mordaz mirada.
 -Yo no pienso lo mismo que esa estúpida mujer.
 -La verdad, es que tiene razón -Margaret terminó de leer la sección de sociedad que nombraba a los Addison y miró a su hermano y luego a su madre- Aunque ha sido muy dura -rectifico al ver la mirada de su madre.
 -Cobarde -le dijo su hermano al oído para luego sonreír -déjame ver ese artículo.
 Alexander se levanto del sillón y le cogió la revista a su hermana y empezó a leer.
 -Madre, tranquilízate –dijo Margaret alejándose de su hermano y rodear a su madre con sus brazos.
 -¡Como quieres que me tranquilice!-grito Charlotte deshaciéndose del abrazo de su hija y empezar a caminar por la sala- tu hermano dejó plantada a todo la corte de Londres, incluidos a su familia –dijo mientras empezaba a mover los brazos- y encima esa estúpida ha dejado un ejemplar como éste en todas las casas de Londres.
 -Pero… Charles siempre ha sido así, recuerdo la vez que mantuvo un romance con la sirven…
 -¡No te permito que digas eso, o lo pienses!-dijo su madre enfadada mientras movía aun mas los brazos amenazando con tirar el jarrón de porcelana cada vez que pasaba- eso no ocurrió, y no quiero que lo
menciones.
 -Madre, Migertons tiene razón, nuestro hermano siempre ha sido un vividor y debes de estar agradecida de que no dijera lo peor –dijo Margaret mientras miraba el articulo
 -Toma, yo ya he terminado-Alexander le dio la revista a su hermana con aire preocupado.
 -¡¿Darle las gracias?! ¿Estás loca? Si supiera quién es, la mataría.
 -¡Madre!-dijo Margaret horrorizada por la actitud de su madre.
 -A mí no me grites señorita, tengo todo el derecho del mundo a matar a la persona que difama sobre mí y mi familia.
 En ese momento sonó el timbre y Alexander se puso de pie como si fuera un acto reflejo.
 -¡Ha llegado!
 En ese momento, el niño Addisom salió a la luz, y nadie impidió que pudiera abrir la puerta y caminar hacia el pasillo, casi corriendo.
-Venga Margaret, deja eso en la mesa y demos la bienvenida a… tu hermano.
 Margaret obedeció a su madre y salieron las dos de la habitación con elegancia, nada que ver con Alexander.
 Cuando madre e hija llegaron a la entrada, vieron una escena de absoluta ternura.
 Ahí estaba Charles, con su sucio traje, abrazando con fuerza a su hermano pequeño.
 Y ahí estaba Alexander, con una sonrisa en la cara y estrangulando a su hermano.
 Aunque Charlotte le conmovió la escena, no perdió la compostura y siguió igual de seria y fría.
 -Te la has cargado.
 Charles miró a su madre y luego a su hermano con una sonrisa picara.
 -Lo sé –le susurro en el oído- pero me voy a divertir mucho a partir de ahora.
 Alexander rio dejando a la vista su perfecta sonrisa.
 Se incorporaron y Alexander le cogió la mano a su hermano para protegerse de los demás.
 La relación entre los gemelos era muy diferente hacia su hermano.  Alexander, era el confidente de Charles y le contaba todo sobre las mujeres y los viajes, aunque este solo tuviera quince años.
 En cambio, Margaret se había distanciado de él cuando dejo de ser una niña y su madre la acogió bajo su brazo de la sociedad.
 Podrían ser gemelos, pero eran totalmente diferentes, Alexander era de piel pálida y translucida, y con un pelo tosco y de color castaño claro, casi llegando a un rubio oscuro. Y su hermana era lo contrario, coincidían en esa palidez, pero ella la complementaba con un pelo rubio y largo, siempre recogido en un moño perfecto, y unos ojos azules como el mar.
 Charles siempre había querido a sus hermanos por igual, pero como era evidente, sentía una sencilla debilidad por el mayor de ellos.
 Desde que Charles cumplió los diecisiete y su hermano tubo consciencia de los que hacía por las noches con aquellas atractivas sirvientas, le había protegido y ocultado su secreto. Siempre había entretenido a su madre, o espiaba al ama de llaves para saber cuándo podían pasar o cuando no.
 Era evidente, Charles y Alexander nunca podrían separarse.
 Aunque, el hermano mayor de los Addisom quería a su hermano, sabía que pronto tendría que dejar de verle, no quería que fuera como él.
 Alex era diferente.
 Desde siempre, su hermano había sido listo, inteligente, hablador, alegre y cariñoso. Pero también ambicioso, mentiroso y egoísta. Cualidades que nacían en él cuando se enfadaba o quería algo, cualidades que se acentuaban cuando estaba cerca de él. Y Charles no quería que su hermano se convirtiera en un hombre sin sentimientos, no quería que fuera como él.
 Miró a su madre, que le miraba con ojos fríos.
 -Madre, ¡cuánto tiempo! –Charles intentó disipar la tensión con una sonrisa, pero no tuvo éxito- Siento lo de ayer.
 -¿Que sientes lo de ayer?-Charlotte perdió la compostura y alzo los brazos con gesto teatral- Deberás, tu nunca sientes nada. Solo te importa tú mismo y tus juegos. Sabes el ridículo que has hecho que pasara, ¿lo sabes? Claro que no, toda la sociedad vino a verte, ¡y tú no apareciste!
 -Mama, lo siento. Pero es que unos compañeros míos…
 -¡Unos compañeros! Queras decir unos borrachos ¿no?
 Charles soltó la mano de su hermano y fue hacia su madre furioso.
 -¡No te permito que hables así de mis amigos!
 Charlotte levantó la mano, y la estampó contra la cara de su hijo.
-¡Mama!-Alexander adelantó el poco espacio que había entre su hermano y su madre y se interpuso entre los dos- ya te ha dicho que lo siente, nos podría haber pasado a todos
 -Tú calla, esta es una conversación de mayores, niños iros al salón.
 Margaret asintió y se dio la vuelta sin decir ni una palabra, por el contrario Alexander no se movió.
 -Mira que comportamiento estas enseñando a tu hermano –dijo Charloth con una nota de amargura en la voz- que quieres, ¿qué sea como tú?
 Charles miro a su hermano que estaba agarrando su mano fuerte y sin hacer caso a las órdenes de su madre. Esto no era lo que quería, era su hermano, y no quería que la respuesta a la pregunta de su madre fuera un sí.
 -Alexander vete con tu hermana-dijo Charles con un tono frío y calmado-te está esperando.
 Alexander ladeo la cabeza y miro a su hermano mayor, pero asintió sin discutir.
 -Vale.
 El gemelo soltó la mano de Charles con fuerza y ando deprisa hasta
llegar con su hermana y desaparecer por el pasillo.
 Charles miró a su madre, la cual le miraba con una mirada mordaz.
 -¿Se puede saber en que estabas pensando? –dijo Charlotte alzando la voz mientras lo decía.
 -Ya te lo dije, unos amigos me invitaron, además nunca me han gustado esas fiestas.
 Charles cogió sus maletas y se dispuso a subir las escaleras de caracol.
 -Ven ahora mismo jovencito.
Su madre le adelanto levantándose el vestido de encajes azul y negro.
 -No he terminado-dijo señalándole con su mano enfundada en un delicado guante blanco.
 -Yo sí.
 Charles esquivo a su madre con agilidad y ésta se dio la vuelta cogiéndole del brazo.
 -Como vuelvas a hacerme esto, no serás bien recibido en esta casa, nunca.
 Su hijo se dio la vuelta perplejo.
 -No serás capaz-dijo con la voz temblorosa, temía a su madre cuando le amenazaba.
 -Ponme a prueba, y lo averiguaras –Charlotte se dio la vuelta y bajo con gracia los pocos peldaños que había recorrido-. Mañana iremos al baile de lady Mercuri, espero verte allí.
 Charles se quedó parado en mitad de las escaleras, sin saber qué hacer.
 ¿Sería su madre capaz de dejarle sin casa y esperar hasta que Alexander creciera para poder legar el vizcondado?
 No.
 No se atrevería a ser la persona más malvada del país, y exponerse a las críticas de lady Migertons.


 -¿Está bien señor?
 Charles miro al hombre mayor que estaba a su lado confundido.
 -Sí, Alan ¿podrías llevar mis maletas a la habitación de mi hermano?
 -Claro señor, ¿le preparo la cama que está al lado? ¿O quiere otra?
 -No, esa estará bien.
 El mayordomo asintió sin más palabras y cogió las maletas. Allan había estado en esa familia desde que el nació, y por lo que veía, tenía una gran admiración hacia su madre y el difunto vizconde, su padre.
 Charles bajo las escaleras y abrió la puerta principal, tenía que hablar con alguien y antes de que Allan se diera la vuelta para preguntarle, Charles se había ido.


 Alexander miraba distraído por la ventana mientras sus pensamientos volaban por las copas de los arboles verdes.
 Estaban a mediados de primavera, y aunque hacia un tiempo relativamente caluroso, los arboles estaban frescos y apunto de florecer. A Alex le encantaba los jardines de su casa, eran maravillosos, y siempre estaban bien cuidados por los criados.
 -Señorito Alexander, ¿me podría contestar a la pregunta?
Alexander desvió la mirada hacia su profesor de Literatura, que le miraba con ojos acusadores.
 -No me estaba escuchando, ¿es verdad?
 -Lo siento señor Collingwood, pero no le he oído.
 -Decía, qué diferencia hay entre la literatura de la edad media y la renacentista.
 -Pues, en términos generales, la literatura de la edad media se transmitía oralmente mientras que la renacentista se escribía, el carácter es anónimo, es decir no se conoce al autor mientras que la renacentista si lo hace…
  -Ya veo que sabe la respuesta –dijo el señor Collingwood frunciendo el ceño.
 Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de una calva pronunciada y un espeso bigote. Tenía una nariz grande, que recordaba a los picos de los tucanes, y arrugas por toda la frente y la barbilla, Alexander pensaba que era a causa de estar todo el rato enfadado.
 -Señorita Margaret, ¿me podría decir como era el mester de clerecía o la lirica culta?
 Su hermana suspiro y empezó a pensar, la literatura no era lo suyo.
 Mientras su hermana empezaba a farfullar pequeños detalles del texto Alexander volvió a sumergirse en sus pensamientos.
 Sabía que mama tenía razón pero a la vez, no podría tratar a su hermano de esa forma. No se lo merecía.
 -¡Por favor señorita Addisom, eso es el mester de juglería!
Alexander dio un respingón en la silla y vio al profesor Collingwood  rojo como un tomate y a su pequeña hermana mirando al suelo y pidiendo perdón.
 -Lo siento señor.
 -Un simple lo siento no vale, después de clase se pondrá a copiar todo el temario que hemos dado y mañana tendremos examen.
 Los dos gemelos se miraron, Alexander con ojos tiernos y Margaret asustada y pidiéndole disculpas con la mirada.
El señor Collingwood se dio la vuelta y empezó a copiar un poema del mio Cid.
 -Lo siento Alexander, no quería fastidiarte la tarde.
 -Al contrario de ti, yo he estado estudiando toda la semana, y no tendré que hacerlo hoy.
 Alexander empezó a soltar una risita y las disculpas de su hermana empezaron a diluirse para dar paso a una mordaz mirada.
-A continuación, vais a identificar estos poemas. ¿Señorito Addisom?
 Alexander leyó el texto que había escrito su profesor con aquella ridícula letra.
 -Es el Cantar de las Bodas.
 -Muy bien- dijo el profesor con una pequeña sonrisa de aprobación.
 -Gracias.
 Pero cuando Alexander miro al señor Collingwood, este miraba a su hermana pequeña con seriedad y preparándose para reñirla.
 -Y este ¿señorita?
 Margaret miro un momento a su hermano, al profesor y por último, al poema.
 -Es el… mm… el… ¿Cantar del destierro?
 -Me lo pregunta o me responde –dijo enfadado el señor Collingwood.
 -Le respondo.
 Postifur miro a Alexander y este a él.
 -Correcto.
 Margaret sonrió y miro a su hermano con alegría cuando el profesor se había dado la vuelta para volver a borrar la pizarra y escribir unos poemas más.
 -Gracias.
 Alexander sonrió a su hermana y recordó que el día anterior había obligado a su hermana a estudiar.
 -Ves como siempre tengo razón.
 Margaret le saco la lengua a su hermano y este miro para delante serio mientras el señor Collingwood miraba serio a su hermana.
 -Señorita, es mejor que no vuelva a sacar la lengua si no quiere que se la corte.
 -Lo siento.
 Alexander soltó una risita que disimulo con un estornudo, aunque no sirvió para nada, porque Collingwood ya le miraba con ojos penetrantes.
 -Se puede saber de que se ríe señorito.
 -De nada –dijo Alexander tímido.
 Su profesor les volvió a mirar y se dio la vuelta.
 -Que sepan, que tengo un ojo en la nuca y que sabré lo que estén haciendo siempre –les advierto.
 Los dos gemelos se miraron y luego se acercaron más para intentar ver aquel tercer ojo en la calva, pero solo pudieron ver el escaso pelo que tenia.
 -La literatura prerrenacentista…
 La voz del señor Collingwood hizo que los dos chicos volvieran a su postura inicial en dos segundos, temerosos de que el profesor se hubiera dado cuenta.
 Por suerte, no lo hizo.


Charlotte tomo otro sorbo de la taza de porcelana que tenía en las manos.
 -Dios lady Addisom, esta hoy un poco distraída
 La sirvienta se incorporo con la bandeja ya vacía en sus manos.
 -¿Quiere que acomode su habitación?
 -No es necesario Nathalie, puedes irte.
 -Muy bien señora.
 Y sin más dilación, la criada hizo una leve reverencia y se fue silenciosamente.
 Aunque lady Addisom no quisiera admitirlo, estaba preocupada y distraída.
 Charles no había aparecido en toda la tarde, y esa repentina desaparición después de haber discutido la tenia inquieta. Claro está, en parte, que se sentía aliviada al saber que su hijo mayor había ordenado que le acomodaran una cama en la habitación de su hermano, pero, eso no garantizara que viniera a dormir esta noche.
 Charlotte agito levemente la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos y beber un sorbo de té.
 Miro el reloj una vez más, ¡¿cuántas veces lo había hecho?!
 Las cinco y diez.
 Charlotte sintió una punzada de dolor en el corazón al ver que hacía tres horas de la desaparición de su hijo.
 Aunque claro, que esperaba, Charles era muy testarudo y seguramente no aceptara de buen grado su petición.
 Se levanto y se acerco a la campanilla del servicio.
 En los dos minutos en los que tardo la doncella en llegar lady Addisom no paraba de dar vueltas por el pequeño salón de color marfil. Siempre le había encantado esa habitación, el suelo de mármol, o la tapicería de los sillones, era posiblemente lo que más le gustaba. También adoraba aquella enorme lámpara araña y el gran reloj blanco de pared. O las alfombras persas o las sillas al estilo Luis XVI. Los grandes ventanales que daban al patio y los coquetos y sencillos armarios blancos.
 Si, estaba claro, aquella habitación le encantaba.
 -Me ha llamado señora.
 La voz de la doncella más joven en el servicio hizo que Charlotte se diera la vuelta y dejara de admirar su hermosa habitación.
 -Sí, me gustaría que prepararan mi carruaje y los caballos mas rápidos -Charlotte miro a la doncella con frialdad y ésta bajo mas la mirada- Y llama a Edward, quiero hablar con el urgentemente.
 -Está bien- dijo la doncella haciendo una reverencia un poco sencilla para el gusto de lady Addisom- En seguida llegara su cochero.
 Charlotte asintió seria y se dirigió hacia la mesa de la pared.
 Se miro en el espejo que había encima y se repeino el perfecto moño rubio.
 Al terminar, suspiro y cogió los guantes mientras se los ponía, con aire despistado, paseo de nuevo por la sala.
 -Me ha hecho llamar –dijo Edward con voz grave.
 -Si, pasa por favor –lady Addisom señalo una silla blanca.
 El cochero se sentó con aire serio y miro a su señora.
 -Usted dirá.
 -Mi hijo se fue hace tres horas sin decir nada a nadie, y estoy preocupada, quiero que salga a buscarle y le lleve a casa con la mayo discreción posible, ¿me ha entendido?
 Edward asintió una sola vez.
 -Bien, entonces sal de inmediato y cuando llegue dile que venga al despacho del difunto vizconde.
 El hombre asintió de nuevo  y se levanto con un movimiento tosco.
 -Si me disculpa.
 Lady Addisom hizo un movimiento leve de cabeza dándole permiso.
 Al rato Charlotte se miro al espejo de nuevo, su hijo no volvería a desobedecerla, desde ahora esta casa cumpliría las normas.
 Y con un último vistazo a su moño, salió con paso ágil del salón.


Charles entro en el cabaret Le amour.
 Había oído buenas críticas de sus amigos borrachos desde hacía unos dos años, pero nunca se había decidido a entrar en él.
 Subió las escaleras de ladrillo enfundadas en una alfombra roja, cualquier mendigo se sentiría un rey al pasarlo por aquí, pensó Charles.
 Y así era, al abrir las puertas de cristal, te aguardaba un mundo de diversión, música y juego.
 En el centro había una pista de madera, revestida con más alfombras del mismo color rojo, y en la pista, jóvenes chicas de vestidos verdes y azules con volantes y de escotes muy arriesgados.
 Sus medias negras o tal vez su ropa interior de licra era lo que más excitaba a Charles, y es que en verdad, solo la vista de aquellas jovencitas, hacia que su entrepiernas se encendiera de placer, pidiendo a gritos ser liberado.
 Charles camino despacio, observando a todas las chicas que levantaban aquellas faldas de colores vistosos, dejando ver, en algunos casos, la ropa delicada de un color oscuro, y en otros (más abundantes) se podían observar a las chicas sin ropa interior y dejando ver a sus clientes, sus intimidades.
 Un camarero se acerco a Charles y le miro a los pies haciendo una pequeña reverencia y diciendo:
 -¿Desea que le acomodemos en las primeras mesas milord?
 Charles supuso que aquella cordialidad no era dedicada a todos sus clientes, si seguramente las ropas que llevaba o el aire de nobleza que tenia, hacia que fuera un cliente especial.
 -Si por favor.
 El camarero asintió una vez y le hizo un gesto para que le siguiera hacia un pequeña mesa enfrente de las mujeres (la mayoría de las cuales no tenían ropa interior).
 El camarero le ofreció la carta cuando Charles se sentó pero antes de que pudiera dársela, el vizconde dijo:
 -Coñac con hielo.
 El camarero se fue y Charles se quedo mirando a aquellas jóvenes, se preguntaba si alguien notaria si atrajera alguna a su miembro intimo.
 Sonrió y ladeo la cabeza.
 Intimar con una mujerzuela en pleno público, ¡que estupidez!
 En ese momento el ritmo de la canción cambio dejando en silencio la sala y llenando de humo el escenario.
 Y al momento ahí estaba, lord Milmerons.
 Se decía que era el hombre más divertido de todo Londres, pero las habladurías engañan, ¿quien dice que todo fuera una máscara para dar un ambiente más agradable?
 Milmerons empezó a hablar en tono condescendiente y estrafalario.
 -Queridos caballeros, bienvenidos al cabaret mas esplendido de todo Londres, y aquí les presento a las chicas del can can.
Entonces, con el fin de sus palabras, una oleada de mujeres entraron a escena cantando una canción extravagante.
 Y una frase en francés una y otra vez.
 Voulez-vous coucher avec moi, ce soi oh oh yeah yeah yeah yeah
 ¿Quieres acostarte conmigo esta noche?
 La entre pierna de Charles gritaba un si profundo y ardiente y sus ojos iban desde los sujetadores de unas hasta los tangas y medias de otras.
 Eran tan apetecibles y fáciles de conseguir.
 Entonces Charles se levanto después de dar un sorbo a su copa y se acerco a lord Milmerons.
 -Querido vizconde Addisom, esperaba con fervor su visita –la voz del estrafalario señor mareaba a Charles.
 -Me alegro de verle señor. Me preguntaba si podría tener un poco de intimidad con alguna de sus chicas.
 El señor Milmerons le miro serio y a la vez, con un sonrisa burlona en la cara.
 Eran negocios.
 -Sería un gran placer satisfacerle señor.
 Y sin más discusión, el señor Milmerons, de nombre Chals, y el vizconde, pasaron del ruidoso escándalo de la sala principal, a una pequeña habitación con una gran cama y velas por todas partes.
 -En unos momentos, vendrá compañía.
 Ahora su voz era más tranquila y seria, y como Charles había supuesto, aquella sonrisa burlona y diversión que ofrecía en el escenario, no era más que mentiras.
 El vizconde asintió y dejo su abrigo al borde de la cama.
 Su entrepierna seguía igual de ardiente y denotaba una presión contra el pantalón.
 ¡¿Por qué era la moda llevar los pantalones ceñidos?!
 Charles se desabrocho el botón y noto como su órgano se relajaba al no estar presionado
 Dos golpecitos en la puerta fue lo que sonó antes de que Charles viera a unas jovencitas de menos de 18 años pasar al lado suyo.
 -Señor, lord Milmerons nos ha dicho que quería vernos, y aquí estamos para complacerle en lo que desee.
 El miembro de Charles gritaba en el pantalón.
 -¿Quién es la más joven de vosotras?
 La chica que había hablado hizo un movimiento de cabeza señalando a su acompañante, una chica de largos cabellos rubios, sueltos en tirabuzones que caían por su hombro derecho.
 Charles hizo una seña con el dedo que indicaba que se acercase.
 La chica se acerco a él con sensualidad mientras Charles se sentaba en la cama de sabanas blancas.
 -Necesito que hagas por mi algo que nadie hace nunca.
 Charles se desabotono otro botón del pantalón verde pistacho dejando a la vista su pene erecto.
 La chica asintió con suficiencia y se agacho dispuesta a hacer lo que él quisiera.
 Aquella noche le iba a salir cara.
 Por el contrario la de mayor edad, se había acomodado a su lado y desabotonado el vestido dejando al aire sus pechos.
 Charles beso el cuello de la chica bajando hasta encontrar un pecho y metérselo en la boca con pasión, chupando su pezón con deseo.
 La chica morena soltó un gemido alto que excito a Charles aun más.
 En ese momento, la puta rubia aumentó de ritmo que hizo que            
 Charles soltara un gemido de placer mientras cogía los pechos de la otra con fuerza.
 Todo era placer, todo era excitante. Los pechos de Lidia (la chica rubia) moviéndose con ferocidad mientras subía y bajaba encima de él. O cuando Miriam (la morena) se abría de piernas dejando que   Charles pudiera lamer sus intimidades inferiores con fiereza.
 En el momento que Charles tuvo la primera erección, una de las mujeres se levanto y salió de la sala. Pero Charles no quería parar.
 Abrió de piernas a Lidia y metió su miembro con fuerza, penetrándola hasta el fundo. No le importaba si le hacía daño, solo oía sus gemidos y solo sentía el placer de su erección dentro de ella.
 Al terminar sintió unos brazos musculosos alrededor de sus caderas.
 ¿Qué pasaba?
 Charles se dio la vuelta y vio a un joven de unos veintiún años, con su miembro erecto pegado a su ano y con las manos sujetándole.
 ¿Qué era eso?
 Charles cogió al chico y le tiro hacia la cama dejándole inmovilizado.
 -Que pretendías hacerme –dijo Charles con tono arrogante y con asco.
 -Na-da-a
 El chico le miro con miedo e intento deshacerse de sus manos para poderse tapar.
 -¿¡Ahora te escondes!?
 Charles le escupió en la cara dejándole tirado en la cama.
 El chico cerró los ojos y ladeo la cara para limpiarse.
 Charles le soltó levantándose y se dirigió hacia su ropa, que empezó a ponérsela poco a poco.
 -¡Lord Milmerons! –la voz de Charles sonó con fuerza y un toque de arrogancia.
Al instante, el hombre de cincuenta y pocos años estaba en la habitación y denotaba la misma mirada de asco hacia el chico que estaba desnudo en la cama.
 -¡Que ha pasado aquí!
 -Pregúnteselo a este –dijo Charles señalando con el dedo hacia el chico.
 Milmerons miro al chico serio y le hizo una señal a Lidia para que saliera de la habitación.
 Cuando quedaron los tres hombres solos, Milmerons camino hacia el chico, penetrándolo con la mirada.
  Al llegar, le cogió de la mano y le quito las sabanas para dejarlo en el suelo desnudo.
 -¡Que has hecho! ¡¿Quién eres?!
 El joven no levanto la mirada del suelo y no contesto. Charles pudo ver que tenía mucho miedo.
 Milmerons suspiro con rabia y le dio una patada en la barriga al muchacho, el cual se recoció de dolor.
 Tenía una constitución fuerte, pero las patadas de alguien como Milmerons, cuando estas indefenso, dolían bastante y Charles se compadeció un poco de él.
 Sabía que la homosexualidad estaba prohibida y mal vista, y que quien la realizara sería castigado ante la mirada de Dios, o eso era lo que decía la iglesia.
 Pero claro, lo que hacía Charles, la vida que llevaba era también impura a los ojos de la Iglesia.
 Miro al chico una sola vez, con aire lastimoso.
 Milmerons volvió a repetir las mismas preguntas y el chico seguía contestando con el mismo silencia que antes, lo que hacía que su paciencia se desvaneciera y le volviera a pegar.
 -No tengo toda la noche, dime ¿Qué hacías al señor vizconde?
 En esta ocasión el chico alzo la mirada y Charles le reconoció, era un criado de su madre.
 -Señor Addisom, siento muchísimo esto. Le aseguro que este infiel será llevado hacia la iglesia y castigado ante ella.
 -No será necesario, le conozco y sé de una manera que hará que olvide a los hombres y cure su enfermedad.
 Milmerons se le quedo mirando asombrado, pero en vez de rebatirle, asintió una sola vez y le dijo:
 -Espero que guarde silencio sobre esto, no quiero que se sepa esto entre mis clientes.
 -Sepa señor, que yo soy el primero en que esto no salga de aquí.
 Milmerons asintió de nuevo y salió por la puerta.
 -Con que eres tú, ¿no?
 El criado asintió una sola vez y bajo la cabeza para decir:
 -Lo siento señor.
 Charles le miro con dureza y acto seguido se dio la vuelta para coger su camisa de lino y ponérsela.
 -Ponte tu ropa.

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